📞 Las operadoras de Ensenada: voces que tejieron comunidad (1930–1960)

Queridos amigos, hoy quiero invitarlos a viajar conmigo a una época que, aunque ha quedado atrás en el calendario, sigue viva en nuestras memorias.

Una época en la que la comunicación no era instantánea ni digital, sino humana, cercana, y profundamente comunitaria.

Hoy en día, todos llevamos un teléfono en el bolsillo. Podemos hablar con alguien al otro lado del mundo en segundos, enviar mensajes, fotos, videos… La tecnología nos supera cada día. Pero si miramos hacia atrás, digamos unos 75 años, y nos situamos en la Ensenada de mediados del siglo XX, nos parecería que estábamos en la Edad de Piedra.

Y sin embargo, había magia en esa sencillez.

Desde los años 20 existía en Baja California la Compañía Telefónica Fronteriza, con oficinas en Tijuana y luego en Mexicali. En los años 40, el servicio residencial llegó finalmente a Ensenada.

Antes de eso, había conexiones limitadas por medio de compañías americanas e inglesas, que enlazaban algunos puntos con Tijuana, Estados Unidos y ciertas partes de México.

Cuando el servicio residencial llegó, lo hizo con muchas limitaciones. Las líneas eran mancomunadas, es decir, compartidas entre varias casas.

En mi caso, el número de teléfono era 84-J. Nuestros vecinos, la familia Pérez —Celia (quien era ella misma operadora de teléfonos)Adolfina y la maestra Petrita— tenían el mismo número, 84, pero con la letra R.

Para hacer una llamada, uno descolgaba el teléfono y no escuchaba un tono de marcar, sino la voz de la operadora, que preguntaba a qué número deseabas comunicarte.

Pero si al descolgar se oía una conversación, significaba que alguien más estaba usando la línea. Entonces uno debía colgar, esperar unos minutos y volver a intentarlo.

Era común decir “disculpe” si uno interrumpía sin querer. Había respeto, y aunque el teléfono no ofrecía privacidad, la gente sabía comportarse.

Las operadoras eran parte esencial de este sistema. Al principio había solo dos en Ensenada, luego cuatro, y más adelante llegó el sistema automático con disco.

Pero antes de eso, ellas eran las que conectaban nuestras voces. Y no solo eso: eran parte de nuestras vidas.

Recuerdo que si uno llamaba seguido, llegaba a reconocer la voz de la operadora.

Uno decía: “Buenos días, Lupita, ¿me puedes comunicar con el Dr. Aguirre? No sé si está en casa o en el consultorio.”

Y ella respondía: “Claro”, y hacía la conexión.

Cada letra del número tenía un timbre distinto. En mi casa eran tres timbrazos y un silencio. En la casa de los Pérez, dos cortos y uno largo. Así sabíamos para quién era la llamada.

Si uno se equivocaba y contestaba cuando no era para uno, pedía disculpas y pedía que intentaran de nuevo.

Y si la operadora conocía al que llamaba, a veces decía: “El doctor no está en casa, pero lo vi en la farmacia hace rato.”

Así de cercanas eran.

👩‍💼 Las operadoras que marcaron época

Una de las más queridas y recordadas era Librada Crespo (gracias Esther Cortez por recordar el apellido) quien vivía en la calle 1ra, entre la avenida Soto y la avenida Granada, frente a la familia Hernández.

Era simpática, bella, y muy conocida en todo Ensenada. Se decía que era la persona más informada del pueblo, por todo lo que escuchaba —y por cómo lo guardaba con discreción.

También estaban:

• María Luisa “Malú” Espinoza García, eficiente en las conexiones interurbanas.

• Rosaura Villaseñor de Gutiérrez, pionera en las oficinas del centro, cerca del antiguo Palacio Municipal.

• Carmen del Toro, una de las más experimentadas antes del sistema automático.

• Elena Romero de Arámburo, supervisora en los últimos años del servicio manual.

• Patricia “Pati” Valdés León, mencionada en crónicas orales por su trabajo en servicios públicos.

📖 Anécdotas que aún se cuentan

1. La llamada del muelle

Rosaura Villaseñor recordaba que cuando llegaban los barcos atuneros, los marineros llamaban apenas atracaban.

Las operadoras reconocían sus voces y avisaban a las familias antes de completar la llamada:

“Nomás escuchábamos el tono de voz y ya sabíamos quién era. Les decíamos: ‘Doña María, su viejo ya llegó’.”

2. El teléfono del amor

Carmen del Toro contaba que en los años 40, un joven llamaba todos los días desde Tijuana para hablar con una señorita de Ensenada.

A veces no podía pagar toda la llamada, así que las operadoras le daban unos minutos extra para despedirse.

Décadas después, se casaron y visitaron la central para agradecerles por haber ayudado al romance.

3. Temporales, lluvias y cables

En 1947, durante una tormenta que incomunicó la ciudad, María Luisa Espinoza trabajó casi 36 horas seguidas para mantener las líneas del hospital civil.

Usaban linternas, escribían mensajes en papelitos y reconectaban manualmente las llamadas urgentes.

4. Chismes y confidencialidad

Aunque todo el pueblo sabía que las operadoras podían escuchar las conversaciones, había una ética estricta.

No podían comentar lo que oían, bajo sanción de despido.

Pero entre bromas, decían que se enteraban antes que nadie de los romances, apuestas y pleitos políticos.

5. El último día manual

En 1954, cuando se instaló la primera central automática Ericsson, se organizó una comida para despedir el servicio manual.

Las operadoras cantaron, compartieron anécdotas, y una a una desconectaron los cables del panel principal.

Con esos cables, durante casi 30 años, habían tejido las voces del pueblo.

Así era Ensenada. Así era la vida cuando las llamadas pasaban por manos humanas, por voces que conocíamos, por mujeres que no solo conectaban líneas, sino también corazones, noticias, esperanzas y despedidas.

Hoy, al recordar a Librada, a Malú, a Carmen, a Rosaura, a Elena y a Pati, no solo evocamos un sistema telefónico… evocamos una forma de vivir, de comunicarnos, de ser comunidad.

Deja un comentario

Tendencias