Hubo un tiempo —y no fue hace poco— en que, gracias a la insistencia de mi madre, terminé yendo al centro de Ensenada para participar en la ACJM. El lugar de reunión era un salón en la parte de atrás de la parroquia del centro, justo en la avenida Obregón y calle Tercera.

Cerca de esa esquina, donde hoy están las oficinas de Servicios Rudametkin, había un edificio que llevaba por nombre TEATRO RINA. No era muy grande, pero sí formal: con asientos en hileras, una pantalla grande, y capacidad para menos de cien personas. El nombre “Rina” venía de la sociedad entre dos personas muy conocidas en Ensenada: uno de apellido Rico y el otro Nájera.

En el Rina exhibían episodios que continuaban semana a semana: Flash Gordon, The Lone Ranger, y otros que nos tenían al borde del asiento. Eran de unos treinta minutos, y entre función y función, nos pasábamos la semana preguntándonos cómo se salvaría la bella —atada a las vías del tren, con el ferrocarril acercándose ya, definitivamente. No tenía remedio. Sería arrollada. Moriría irremediablemente.

Pero no. El nuevo episodio empezaba con los últimos cinco minutos del anterior, y justo cuando el tren estaba a punto de hacer lo suyo, llegaba el héroe, hacía lo imposible —lo impensable— y la salvaba. Solo para que quince minutos después, ella volviera a estar en peligro. Y el suspenso, otra vez.

La función consistía en dos episodios de dos historias diferentes: vaqueros, marcianos, piratas… lo que tocara. Ya en la noche, creo que pasaban películas normales. Nunca fui a esas funciones. Yo era de matiné.

Los precios eran otra historia. En los cines grandes, costaba $2.75 para menores y $5.50 para adultos. Las tardes populares en el Maya eran de $2.20 y $4.40. Y en el Ensenada, si no me falla la memoria, había jueves de dos por uno. Pero en el Rina… ¡ah, el Rina! Un peso. O un diez oro. Así de sencillo.

Unas tardes inolvidables. Parte de mi educación independiente. Aprendimos a comportarnos entre niños y jóvenes. Las bromas que hacíamos no causaban desorden ni molestaban a nadie. Todo en orden.

Claro, no todo era perfecto. En el Cine Maya, por ejemplo, había unos tubos cerca del escenario —lo que sería el foso para orquesta. Y ahí, jugando a la jungla, dos veces me expulsaron de la función por andar trepando como Tarzán.

En fin. Termino esta entrega compartiendo con mis amables lectores, seguidores, curiosos y nuevos visitantes estas páginas de MI HISTORIA, y algo de la verdadera historia de mi muy querida ENSENADA.

Gracias por leerme. Si piensas que a alguien más le pudiera interesar esta breve narrativa, ¡COMPARTE! Hasta la próxima.

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