En 1948, Ensenada era todavía un pueblo grande con alma de puerto. Creo que tenía como alrededor de veinte mil habitantes, aunque algunos decían menos. Lo cierto es que se sentía íntima, con calles de polvo, ventanas abiertas y un mar que llamaban Pacífico, pero que, como yo, nunca se estaba quieto.

Yo era apenas un niño, y ese fue mi primer viaje a Baja California, mi primer encuentro con Ensenada. No el primer vuelo, no —ya había volado antes—, pero sí la primera vez que cruzaba el país por el aire para llegar a esa tierra donde el viento olía distinto y la luz tenía otro ritmo.

Viajé con mi madre, que no era cualquier pasajera: era jefa de enfermeras del Sanatorio Reforma, que en ese tiempo era considerado el mejor hospital de la Ciudad de México, preferido por los personajes más importantes del país —y de algunos lugares del extranjero también—. El sanatorio tenía fama de atender a diplomáticos, artistas discretos y políticos que no querían hacer fila. Estaba ubicado a unas puertas apenas de la oficina de Aerovías Reforma, ambos en la glorieta del Ángel de la Independencia. Salud y aviación, vecinas de banqueta.

Volamos en un DC-3, un avión que parecía más tren con alas que nave moderna. Tenía capacidad para diecisiete pasajeros, piloto, copiloto y una aeromoza que se llamaba Martha Coppel, si no me falla la memoria. Ella y mi madre se conocían de vista, y eso me daba cierta categoría entre los pasajeros. Antes de cada despegue, Martha nos ofrecía una cajita de chicles Adam’s, “para que no se le tapen los oídos, joven”, me decía. Yo los aceptaba con solemnidad, como si fueran parte del uniforme de vuelo. En la tercera escala —creo que fue Hermosillo— me animé a pedirle una cajita adicional. No sabía entonces que en Ensenada iba a presumirla con mis nuevos amigos, como si fuera un tesoro aéreo.

El trayecto fue largo: Tepic, Mazatlán, Hermosillo y Tijuana. En cada escala, el paisaje cambiaba y mi madre saludaba a alguien. Era como si el país entero fuera su sala de enfermería. El avión olía a cuero viejo y a nervios nuevos. Mi madre vestía un traje sastre, impecable, impresionante, importante. Sin sombrero, pero con una presencia que hacía que hasta los pilotos la trataran con respeto.

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Al llegar a Ensenada, el aeropuerto era poco más que una pista de tierra con pretensiones. Las oficinas eran un hangarcito de lámina, con un mostrador de madera y unas cuantas sillas metálicas que hacían de sala de espera. Nada de torres de control ni altavoces. El viento hacía de recepcionista y el sol marcaba la hora.

Y ahí estaba él: el Sr. Vicente Ferreira, esperándonos con una sonrisa que parecía conocer a todos los pasajeros. Era muy conocido y apreciado por los directivos de Aerovías Reforma, y por lo visto, por todo Ensenada. Lo saludaban de mano, de palmada en la espalda, de abrazo. Era como si el aeropuerto fuera su sala de estar. Mi madre lo saludó con afecto, y yo, con la timidez de quien llega por primera vez, sentí que Ensenada nos recibía con brazos abiertos. Lo que yo no sabía entonces —y que el tiempo se encargaría de revelar— era que el Sr. Ferreira pronto se convertiría en esposo de mi madre.

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