Leyenda viva de Ensenada

Cuentan los pescadores viejos —los de manos curtidas por la sal y la memoria buena para los cuentos— que en los años cincuenta se aparecía una mujer muy particular sobre la Calle Quinta, la que hoy conocemos como Avenida Juárez.No vagaba por toda la ciudad, no señor; solo caminaba su calle, como si ese pedazo de Ensenada fuera su propia casa.

Vestía de negro, con ropa gastada por el tiempo y un velo que le cubría el rostro. Caminaba despacio, mirando al frente, y cuando se acercaba a alguien decía con voz suave pero firme: “ Cinco centavos, por favor… solo un níkel.”Nada más ni nada menos.

Era su medida justa del mundo.

A quien no le daba, o quería ofrecerle otra cosa, le soltaba unos dichos raros, rápidos, casi como trabalenguas.

Y los viejos del puerto —que de supersticiones saben— juraban que eran conjuros, advertencias, o promesas de que algo no saldría bien en la próxima pesca.Así fue como terminaron por conocerla como La Dama del Cinco.

Y mire qué ironía: pedía su níkel en la Quinta, o sea, en su casa.Un día dejó de verse. Dicen que justo cuando cambiaron las monedas y los turistas empezaron a traer billetes doblados. Pero algunos juran que cuando cae la noche y la avenida queda medio vacía, todavía se distingue su silueta caminando junto a la pared, la mano extendida, y los ojos encendidos apenas como brasas. Así que ya sabes, si alguna vez te toca caminar de noche por la Avenida Juárez, lleva contigo una monedita de cinco centavos…

Por si acaso la sombra que se mueve en la banqueta no es sombra, sino ella, esperando todavía su quinto y murmurando aquellos conjuros de quien olvidaba el cambio.

Ensenada no olvida. Algunos fantasmas tampoco.

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