De iniciar asombrado a terminar en la cárcel

Corría el año de 1953 y yo tenía apenas 9 años de edad. No sabía qué era el carnaval. Pero esa noche, entre cascarones, cohetes y confeti, descubrí que la alegría también podía llevarte a la cárcel.

Mis andares por la ciudad eran siempre a la mano de mi madre, cariñosa y preocupada por mi seguridad, que no me descuidaba un instante. Don Vicente, mi padre adoptivo, en esos días se encontraba estableciendo una planta de aceite de oliva en el rancho Matanuco, ubicado en El Florido, entonces cerca de Tijuana.

Al aproximarse las fiestas carnestolendas, escuchaba —en el radio, en la escuela, en la tienda— el entusiasmo de chicos y grandes que ya hablaban del regocijo que les esperaba. Yo no sabía en realidad qué era el carnaval, pero me sentí contagiado por la efervescencia rampante.

Supe de la quema del mal humor el sábado por la noche. Imaginé una fiesta de juegos pirotécnicos y luces multicolores. También me enteré de que el domingo habría un desfile de carros alegóricos. Mi imaginación febril me incitaba a querer ser testigo de todo.

Debe de haber sido intervención divina —así lo creía— que, al pedir permiso a mi madre, se me otorgara. Después vino una larga serie de recomendaciones y restricciones. La más repetida: debía estar de regreso a más tardar a las nueve de la noche. De no cumplir, habría un castigo inolvidable.

Salí a la media tarde, tomando el autobús urbano que la gente llamaba “la burra” —nunca supe por qué, para mí era simplemente el camión— y llegué al centro. Con sorpresa y admiración veía la algarabía predominante: hombres y mujeres, niños y niñas con máscaras y disfraces, arrojando confeti y serpentinas. De repente sentí un golpe en la cabeza: un cascarón de huevo relleno de confeti. Había silbatos, pitidos y risas por todos lados.

Al caer la tarde busqué un sitio en primera fila. Era un río de alegría. Ya se oía venir el desfile; sirenas que en otras ocasiones significaban peligro, ahora anunciaban el evento. Mi lugar fue frente al Hotel Comercial, en plena Avenida Ruiz, el mero centro de Ensenada, donde se concentraba la fiesta. La noche refrescaba y, por condición de mi madre, llevaba una chamarra que me protegía de la brisa húmeda.

Al final del desfile, la gente se arremolinaba en plena calle. Bailaban al compás de grupos musicales. Era la celebración que había imaginado. Entonces vi a un chico de mi edad que, sigilosamente, colocaba un cohete en la bolsa trasera de un hombre obeso y pasado de copas. Encendió un cerillo y aplicó la llama. Fascinado, quedé mudo testigo de su audacia. Pero antes de que el cohete estallara, sentí una fuerza que me jalaba del cuello de la chamarra. Un policía —gigante a mi percepción— me tenía en una mano y al chico en la otra. Era Santacruz, con quien años después llevaría amistad.

El cohete se apagó en la bolsa del pantalón. Aun así, el policía nos condujo rumbo a la comandancia de la Avenida Gastélum, que en esos años funcionaba también como cárcel. Allí el bullicio era constante: policías entraban y salían con detenidos, la mayoría tambaleantes, medio borrachos, que llenaban el recinto con voces roncas, risas apagadas y reclamos. El aire estaba cargado de humo de cigarro y olor a alcohol.

Sentados en una banca, rodeados de ese ir y venir, mi cuerpo sudaba frío y temblaba. El reloj de pared, implacable, parecía tener prisa: no caminaba, corría al ritmo de mis latidos, al cien por minuto. Cada movimiento de sus manecillas era un recordatorio de mi angustia, del límite de mi permiso y del miedo a la reprimenda de mi madre.

Pasó más de una hora. Un policía afable nos preguntó qué hacíamos ahí. Yo balbuceé sin lograr explicar. Mi compañero, en cambio, habló con voz clara: dijo que buscábamos a un tal “Juan Pérez” por encargo de nuestra tía. El policía revisó papeles y, al no encontrarlo, nos dejó ir.

Los pocos pasos hacia la calle fueron un peregrinaje. El fresco de la noche llenó mis pulmones. Caminamos sin mirar atrás. Al doblar la esquina, corrí. No era huida, era escape de una pesadilla. Las quince cuadras hasta mi casa las recorrí como nunca antes. Mi madre, sentada con sus recortes de periódico, me vio pasar. El reloj, impávido, no delató mi tardanza. Yo flotaba, lleno de miedo a que alguien tocara la puerta.

Nunca podré olvidar esa noche.

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