En una noche tibia de primavera, 10 de abril de 1957, por razones que alguna vez tendré motivos para divulgar, salí de la casa de mi tío Juan Manuel Bartrina, hermano de mi madre, donde vivíamos junto con mi abuela materna Guadalupe Rodríguez.

La casa estaba situada en la Avenida Tepic Sur, que después cambió de nombre y hoy se conoce como Avenida General Genovevo Rivas Guillén, en Guadalajara.

Salí de casa ya oscureciendo, con dos monedas de veinte centavos en mi bolsillo… salía para no volver, según yo, y sin tener un objetivo en mente me fui.

Permanecí “perdido” por un mes y, en ese transcurso, sucedieron infinidad de experiencias que quizás pueda compartir con mis amables lectores. En esta y en las siguientes entregas trataré de recordar y relatar algunos de estos episodios de mi aventura.

Inicio, pues, por el principio, con la primera decisión que tuve que tomar.

Al salir de casa me encaminé hacia la salida poniente de Guadalajara. Al llegar a la carretera que iba al sur, hacia México vía Michoacán, y al norte, hacia Nogales, indeciso me la jugué en un volado. Tomé la mitad de mi capital, la moneda de veinte centavos, y la eché al aire. El suelo era arenoso, la hora del crepúsculo ya había pasado, la luz del arbotante no fue suficiente y perdí la moneda. Así que tomé mi segunda decisión: la primera fue escaparme de casa, y la segunda, empezar a caminar hacia el norte.

En esa época, hace más de medio siglo, la ciudad de Guadalajara terminaba más o menos donde tiempo después se construyó la fuente de La Minerva. Mi caminar en la noche tibia era tranquilo, paso a paso. A un par de kilómetros, en la penumbra, apareció un hombre joven que también caminaba en la misma dirección. No supe de dónde venía ni hacia dónde iba, pero pronto entablamos plática y el trayecto se volvió más ameno.

Al llegar al camino que lleva a La Primavera, llevaba ya un buen trecho recorrido. En ese momento me parecieron como 10 kilómetros, aunque después supe que en realidad eran solo 8. Sin hambre ni sueño, seguí adelante. El hombre me dijo que él vivía hacia adentro del camino, que estaba a un kilómetro, y que quería seguir platicando. Me ofreció un peso si lo acompañaba. No me pareció mala idea y lo acompañé. Caminamos charlando, yo más que él, hasta llegar a una casa al borde del camino. Me dijo: “Bueno, ya llegamos”, sacó una moneda de un peso y me la entregó. De frente y con poquísima luz pude notar su cara serena y su mirada alegre. Nos despedimos y yo, campante, regresé a donde se había interrumpido mi traviesa aventura.

Reflexión

Es oportuno regresar a esos días. Esa ocurrencia que me pasó no creo que ni remotamente le recomendaría a nadie hacer semejante estupidez, sin importar la ciudad o el estado. La ingenuidad de mis trece años, la falta de malicia y de calle, me hizo aceptar ser acompañante y, según yo, seguir la plática que mucho le ha de haber interesado al fulano.

Al terminar mi odisea y recrearla en pensamiento, me daba un remordimiento conmigo mismo de lo que hubiera pasado.

Rumbo a Tequila

Esta primera etapa termina cuando, unos kilómetros más adelante, un camionero que estaba a la orilla del camino me saludó y me preguntó hacia dónde me dirigía. Mi respuesta fue sencilla: “para allá, adelante”. Sonriente me dijo que él iba para Tequila, y me ofreció llevarme con él.

Llegando a la entrada de Tequila me bajé, entré a una gasolinera y empecé a charlar con unas personas ahí. Uno de ellos me dijo que la chamarrita que llevaba estaba muy buena y me ofreció 2 pesos si accedía a cambiarla por la que él tenía puesta. La vi y creí que era un intercambio justo.

Años después supe que mi chamarra era una Eisenhower Jacket. La describo: llegaba solo hasta la cintura, de lana gris y azul, como las del ejército de los Estados Unidos. La había comprado mi madre en El Faro, de Ensenada, y costaba algunos buenos dólares. La que recibí era más larga y cómoda, de mezclilla de color gris oscuro.

Satisfecho permanecí en esa gasolinera hasta que obtuviera mi siguiente transporte. Dormitando en una esquina, en una silla destartalada, esperé.

En las siguientes entregas intentaré continuar con el relato y las varias aventuras que siguieron a esta primera salida de casa.

Siguiente entrega: “No te duermas porque te bajo.”

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