El espejo como territorio de verdad y autosugestión
Cuando uno se mira en un espejo de cuerpo completo…
pareciera que realiza un acto sencillo.
Pero no lo es.
Mirarse no consiste solo en revisar si la camisa está bien puesta,
o si el peinado sobrevivió la mañana.
Mirarse… es entrar en un territorio donde lo físico y lo mental se encuentran.
A veces en armonía.
A veces en conflicto.
El espejo, en su función más básica, devuelve lo evidente.
El brillo de los ojos —por ejemplo— no se esconde.
Puede estar apagado por el cansancio,
o encendido por una alegría reciente,
pero siempre dice algo.
La sonrisa también habla.
Unas veces es franca, espontánea.
Otras… es una herramienta social que uno usa para navegar el día.
Y la ropa —aunque parezca un detalle superficial— también comunica.
A veces refleja quién es uno.
Otras, quién quisiera ser.
Pero junto a esas verdades obvias…
el espejo también engaña.
No porque mienta,
sino porque uno se sugestiona.
Una arruga puede parecer un fracaso…
o una victoria.
Una cicatriz puede ser un recordatorio de dolor…
o de supervivencia.
El espejo no cambia;
cambia la historia que uno le cuenta a su reflejo.
Con los años he aprendido que mi cuerpo es un archivo.
No un archivo ordenado,
sino uno vivo:
lleno de tachaduras,
anotaciones al margen,
páginas dobladas.
Las arrugas alrededor de mis ojos no son solo tiempo.
Son risas.
Son desvelos.
Son preocupaciones.
Las cicatrices —visibles o no— son capítulos que no se borran.
Y la postura que adopto frente al espejo
revela más de mi carácter
que cualquier fotografía.
A veces, al mirarme, revivo momentos que creía olvidados.
Fracasos que dejaron marcas profundas.
Alegrías que todavía iluminan el rostro,
aunque sea por un instante.

El espejo, en esos momentos, se convierte en un puente
entre el presente y el pasado.
Un recordatorio de que uno es la suma de lo vivido,
no solo de lo que se ve.
Hay un pequeño ritual que repito sin pensarlo.
Me paro frente al espejo,
ajusto la camisa,
paso la mano por el cabello…
y observo sin prisa.
No busco corregir nada;
busco entender.
¿Quién soy hoy?
¿Qué parte de mí está hablando más fuerte:
la memoria,
el cansancio,
la esperanza?
A veces encuentro coherencia entre lo que siento y lo que veo.
Otras veces descubro una distancia
que me obliga a pensar.
Al final, el espejo no es juez ni consejero.
Es un compañero mudo.
Su función no es dictar quién soy,
sino recordarme que la identidad es un proceso en movimiento.
Una conversación continua entre lo que veo
y lo que siento.
La imagen reflejada es apenas un instante congelado.
La persona que la observa…
es una historia en curso.
Quizás por eso el espejo incomoda
y al mismo tiempo acompaña.
Obliga a detenerse,
a reconocer lo que permanece
y lo que cambia.
A aceptar que la verdad y la autosugestión
conviven en la misma mirada.
Y en ese diálogo íntimo —entre la luz que devuelve el cristal
y la memoria que despierta en mí—
descubro que comprenderse
no es un acto de precisión,
sino de honestidad.
El espejo solo muestra la superficie.
Lo profundo…
lo revela la conciencia que se atreve a mirarse
sin prisa.
Autor. RGyB Febrero 5 de 2020. SAN Diego, CA #rafabartrina







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