Nuestra historia de esta semana se centra en la población de Tijuana, Baja California, en el año de 1938. Era febrero. Una combinación de circunstancias —desde la crisis laboral hasta los incidentes en los sindicatos y uniones— había provocado un malestar generalizado en la población.
El día 14, la niña Olga Camacho, de apenas 8 años, hija del líder del sindicato de cantineros, fue enviada por su madre a la carnicería cercana para comprar la carne que se prepararía a la llegada del padre. Olga no regresó. Al notar su retraso, la madre pidió ayuda a los vecinos, quienes recorrieron la zona durante toda la noche.
Al despuntar el 15 de febrero, en un lote baldío a espaldas de un taller mecánico y a media cuadra de la comandancia de policía, encontraron el cuerpo de la pequeña, semienterrado. Estaba mutilado y mostraba señales de una terrible violación.
La indignación creció minuto a minuto. Para media mañana, una turba fuera de control exigía justicia y venganza. Durante tres días y tres noches los disturbios continuaron y se intensificaron. La situación llegó a tal grado que el presidente Roosevelt pidió ser informado de inmediato.
El gobernador del Territorio Norte de Baja California, coronel Rodolfo Sánchez Taboada, notificó por telegrama al general Lázaro Cárdenas, presidente de la república, quien dio órdenes precisas: “encontrar al culpable”. El general Manuel Contreras, al mando de las tropas estacionadas en Tijuana, declaró estado de emergencia.
Tijuana tenía entonces una población estimada de 20,000 habitantes. La mayoría, al enterarse de los detalles del crimen, reaccionó con profunda indignación. Pronto los gritos se convirtieron en violencia. La turba incendió las oficinas del ayuntamiento y la comandancia de policía.
El ejército, intentando controlar la situación, hizo primero disparos al aire, sin resultado. Luego bajaron las armas y dispararon contra la multitud. Romano Maldonado, de 8 años; Salvador Vázquez, de 14; y Vidal Torres, de 56, murieron en la calle. Catorce personas más resultaron heridas de bala.
Juan Castillo Morales tenía 24 años. Era soldado raso del ejército. Su esposa lo reportó a la policía al verlo llegar con la ropa manchada de sangre. Fue detenido de inmediato y, según algunas versiones, confesó ser el autor del crimen. Muchos pensaron que solo era un “chivo expiatorio”: las autoridades necesitaban a alguien que pagara. La multitud enardecida aumentaba la presión.
El juicio sumario duró apenas unas horas. El veredicto: culpable.
La mañana del 17 de febrero, Mario Jiménez excavaba tumbas en el panteón municipal cuando vio llegar un contingente de soldados escoltando a un reo. Mario, como muchos otros, ya había escuchado el rumor persistente: al soldado Juan se le aplicaría la “ley fuga”. Cientos de curiosos siguieron el paso del contingente.
En las colinas alrededor del panteón se congregaron quienes querían presenciar la ejecución. Reinaba un silencio absoluto. No hubo gritos ni protestas. Solo testigos mudos. Las versiones difieren: algunos aseguran que Juan pidió clemencia y negó su culpabilidad; otros dicen que, arrepentido, rezaba en voz alta y pedía a Dios perdón para su alma.
La sentencia se cumplió. Lo soltaron de sus amarres y le ordenaron correr por su vida. Juan corrió. Las descargas de los rifles resonaron. Su cuerpo cayó cerca de la tumba que excavaba Mario Jiménez.
Ese día murió Juan Castillo Morales. Ese día nació “Juan Soldado”. Poco tiempo después, cuentan, alguien vio rastros de sangre fresca en su tumba, como si brotara del interior. Veladoras y ofrendas comenzaron a aparecer sin explicación. Con el tiempo se le atribuyeron milagros, y su tumba fue visitada por curiosos y devotos durante muchos años.

Mucho se ha escrito sobre este caso. Paul Vanderwood, profesor emérito de Historia de México en la Universidad Estatal de California en San Diego (SDSU), publicó un libro exhaustivo titulado Juan Soldado: Violador, Asesino, Mártir, Santo.
La Iglesia Católica ha negado repetidamente cualquier reconocimiento, incluso la posibilidad misma de favores o milagros atribuidos a Juan Soldado. Sin embargo, fue objeto de una canonización popular.
Nota del autor. Gracias amable lector. Si está narrativa representa interés para ti, por favor compártela. RGyB 2026






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