A veces me pregunto si nuestra ciudad tiene nombre… o si simplemente se cansó de que la bautizaran y decidió quedarse con el primero que pegó. Porque, si uno revisa la historia, Ensenada ha tenido más nombres fallidos que un barco recién botado.

La Real Academia Española dice que una ensenada es una penetración del mar en la costa. Muy técnico, muy correcto… pero no explica nada de lo que somos. Y además, decir “bahía de Ensenada” es un pleonasmo. Como decir “subir para arriba” o “la sierra cordillera”. Pero así somos: repetimos por cariño, no por gramática.

Los antiguos pobladores la llamaban Jatay, “agua grande”. Ellos sí sabían nombrar con precisión: veían el mar, lo respetaban y no necesitaban decretos.

Luego llegaron los europeos, que venían con la costumbre de poner nombres como quien reparte estampitas.

En 1542, Cabrillo pasó por aquí, miró la bahía, la llamó San Mateo y siguió de largo. Ni se bajó a ver si había alguien.

En 1602, Vizcaíno la rebautizó como Ensenada de Todos Santos, y ese nombre sí agarró vuelo… aunque más para las islas que para la gente.

En 1769, Rivera y Moncada llegó por tierra y le puso un nombre larguísimo:

La Santísima Cruz de las Pozas de la Ensenada de Todos Santos.

Hermoso, pero impráctico. Nadie se quedó a cuidarlo y, como era de esperarse, se perdió.

Ese mismo año, Portolá y el padre Serra intentaron otro: Visitación de María Santísima.

Tampoco prosperó. Parece que ni los soldados lo querían pronunciar.

Durante el siglo XVIII y XIX, los documentos oficiales seguían hablando de la bahía de Todos Santos, como si la ciudad no existiera. Y cuando por fin empezó a existir, cada quien quiso ponerle su sello:

Walker quiso llamarla Fort McKibbin, María Ruiz de Burton soñó con Ciudad Burton, y el coronel Tapia intentó convertirla en Puerto México.

Afortunadamente, ninguna de esas ocurrencias sobrevivió.

Porfirio Díaz, en 1880, decretó que el puerto se llamaba Todos Santos.

Manuel González, en 1882, siguió la misma línea.

Y aun así, la gente seguía diciendo simplemente “Ensenada”.

A finales del siglo XIX, la Compañía Internacional Colonizadora quiso bautizarla como Ciudad Carlos Pacheco.

Tampoco funcionó.

Parece que la ciudad ya tenía carácter y no aceptaba nombres por encargo.

Finalmente, en 1900, desde la Secretaría de Hacienda recomendaron —solo recomendaron— usar únicamente Ensenada para evitar confusiones.

Y así, sin decreto, sin ceremonia y sin fanfarria, el nombre se quedó.

No por imposición, sino por costumbre.

Por uso.

Por cariño.

Al final, perdimos el nombre largo y solemne de Ensenada de Todos Santos, y nos quedamos con el apodo geográfico.

Pero a veces los nombres más sencillos son los que mejor envejecen.

Y quizá, después de tantos intentos fallidos, la ciudad decidió que lo más sensato era llamarse como la gente la llamaba desde siempre:

Ensenada.

A secas.

Con mar, con historia y con humor. Author RGyB 2026

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