Voy a decirlo con calma, como quien abre una puerta sin empujar a nadie.

Dame tu opinión, más no trates de convencerme.

Yo escucho. Yo admito las ideas ajenas. Hasta ahí. No pasa nada.

Pero hay personas que, al expresar lo que piensan, sienten que deben llevarme de la mano hasta su misma conclusión. Como si su pensamiento necesitara mi firma al final. Como si yo tuviera que salir de la conversación convertido, alineado, convencido.

Y no.

No existen leyes que obliguen a una persona a convencer a otra.

Convencer no es un deber moral, ni una cortesía, ni una prueba de inteligencia.

Convencer, cuando se vuelve insistencia, es imponer la propia disertación como si fuera una ciencia exacta.

A mí eso me desgasta profundamente.

No porque me falte apertura, sino porque me sobra dignidad interior.

Yo escucho, sí. Pero no me someto.

Y aquí viene algo que para mí es esencial:

Yo pienso como tú —en el sentido de que ambos pensamos—

pero no pensamos lo mismo.

Y eso no es un problema.

Eso es lo que nos hace únicos, individuales, libres.

La diferencia no es una amenaza; es una riqueza.

La conversación no es un combate; es un puente.

La libertad de pensar es una forma de estar vivo.

Por eso escucho, mas no me someto.

Por eso acepto, mas no me entrego.

Por eso doy, mas no convenzo…

y tampoco me dejo convencer por obligación.

Este es mi territorio interior.

No se conquista.

Se respeta.

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