Por: @rafabartrina

Dicen que los viajes empiezan antes de salir, y en mi caso empezó cuando llegó mi prima de Salina, muy animada, cargando una bolsa llena de regalos típicos de Ciudad, aunque nunca dijo cuál. Con ella nunca se sabe si viene de un lugar o de un estado de ánimo. Yo tenía que salir para Nuevo, asunto urgente, y ya encarrerado pensé pasar por Agua, porque ahí andaban unos conocidos que siempre prometen café y nunca cumplen. Pero al llegar me enteré de que algo raro había pasado en Aguas, y que lo que ocurrió allá tenía que ver con lo que se comentaba en Bahía, y también con un malentendido que empezó en Playa. Cada quien contaba su versión, ninguna igual a la otra. Al final regresé igual que como salí: sin entender nada, pero con la sensación de que cada quien interpreta a su manera lo que dicen que pasó allá enfrente.

Y ahora, si tomamos una brocha imaginaria y tachamos todo lo que no pronuncié, aparecen los nombres completos escondidos detrás: Salina Cruz, Ciudad Juárez / Victoria / Obregón, Nuevo Laredo, Agua Prieta, Aguas calientes, Bahía de Banderas, Playa del Carmen. Y sí, ya sé que Aguascalientes es una sola palabra, pero la brocha no distingue ortografía: borra lo que no se pronuncia, y lo que no se pronuncia deja de existir. Lo curioso es que, al borrar la mitad del nombre, también borramos la mitad de su historia… y aun así hablamos como si nada.

Aquí termina el juego. Ahora empieza lo serio.

El modismo de recortar los nombres propios de una ciudad no es simpático, ni moderno, ni práctico. Es, en muchos casos, desagradable, erróneo y profundamente irrespetuoso con la historia y el orgullo de quienes pertenecen a esos lugares. Los nombres propios no son adornos: son memoria territorial. Cuando alguien decide amputarlos —y sí, uso la palabra exacta: caparlos— está borrando capas enteras de sentido: origen, identidad, geografía, historia, pertenencia.

Algunos insisten en que decir “Baja” es economía lingüística, que “todo el mundo entiende” que se refieren a Baja California. Pero esa supuesta claridad es una ilusión. Lo que realmente ocurre es que se normaliza una forma de hablar que despoja al nombre de su integridad, como si la mitad sobrara, como si la historia fuera prescindible. Por eso lo digo con firmeza: no reconozco textos, eventos, invitaciones ni comunicaciones donde el nombre esté capado. Si aparece mutilado, pierde legitimidad. No porque yo quiera imponer una regla, sino porque no puedo avalar una forma de nombrar que borra lo que debería honrarse completo. No es exageración. Es coherencia. No es susceptibilidad. Es respeto. No es purismo. Es memoria.

Y para entender por qué esta postura no es un capricho, hay que recordar de dónde viene el nombre California. No nació de un acta, ni de un mapa, ni de un conquistador. Nació de un libro. En 1510, Garci Rodríguez de Montalvo publicó Las sergas de Esplandián, una novela de caballerías donde aparece una isla fabulosa, llena de oro, gobernada por mujeres guerreras y llamada California. Cuando los exploradores españoles llegaron a la península y creyeron que era una isla, la bautizaron con ese nombre literario. Así, la península de Baja California es, en realidad, la California original, la primera en llevar ese nombre, la que lo ancló al mundo real.

Con el tiempo, al explorarse el norte, se le llamó Alta California. No era un juicio de valor, sino una descripción geográfica: la parte alta del mapa. Durante siglos, ambas Californias —la Alta y la Baja— formaron un solo territorio cultural. Luego vino la guerra México–Estados Unidos, el Tratado de Guadalupe Hidalgo, y la Alta California quedó del lado estadounidense. Con el paso de las décadas, la Alta se fragmentó en varios estados, pero uno de ellos conservó el nombre completo: California. Y aquí ocurrió la inversión histórica: la hija política del siglo XIX eclipsó a la madre literaria del siglo XVI.

Desde entonces, cuando alguien dice “California”, el mundo piensa en San Francisco, Los Ángeles, Silicon Valley. Y la península —la primera California, la literaria, la original— quedó reducida a un adjetivo: Baja. Como si fuera un apéndice, una nota al pie, una versión disminuida. Pero la lengua no es inocente. En español, baja significa caída, pérdida, inferioridad, disminución. Y aunque nadie lo diga con mala intención, el eco semántico está ahí, vibrando debajo de cada frase.

Por eso, cuando alguien insiste en que “Baja” es suficiente, que “todo el mundo entiende”, lo que realmente está diciendo es que la mitad del nombre no importa. Que se puede borrar. Que se puede capar. Que la historia es opcional. Y no lo es. La península de Baja California no es “Baja”. Los estados de Baja California y Baja California Sur no son “Baja”. La palabra completa es parte de su dignidad, de su origen literario, de su identidad geográfica y de su memoria histórica.

Nombrar bien no es un capricho. Nombrar completo no es purismo. Nombrar con respeto no es exageración. Es reconocer que detrás de cada nombre hay siglos de vida, de luchas, de mapas, de familias, de historias que no merecen ser borradas por comodidad o descuido. Y así como en el relato uno descubre que detrás de “Salina” había una ciudad completa, detrás de “Baja” hay una península, dos estados, cinco siglos de historia y un nombre que no merece ser tratado como si fuera estorbo.

Nombrar bien es un acto de dignidad.

Nombrar completo es un acto de memoria.

Y nombrar con respeto es un acto de pertenencia.

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