
Por: @rafabartrina
Nacemos sin darnos cuenta. No llegamos tarde ni llegamos antes: simplemente emergemos del interior de otro ser para comenzar a ser. Ese instante, que no recordamos, es el principio de una trayectoria que no tiene fin, solo transformaciones. Cambiamos de cuerpo, de ideas, de ética, de rumbo. Crecemos dentro de lo que llamamos vida y hacemos con ella lo que se nos antoja, lo que podemos, o lo que creemos que debemos hacer.
Desde pequeños nos enseñan a saber más, a tener más, a ser más fuertes, más ricos, más felices. Nos educan para conquistar, no para comprender. Y sin darnos cuenta, vamos acumulando temores: miedo a perder, miedo a cambiar, miedo a que la vida deje de ser como la conocemos. Por eso creemos, adoramos, compramos ideas, remedios y opiniones. Dejamos de ser nosotros y tratamos de convertirnos en eternos, como si la eternidad fuera un derecho que pudiéramos adquirir.
Pero no hay escondite que funcione. El miedo a lo desconocido nos alcanza a todos. Lo que sabemos del futuro —del verdadero futuro, ese que está detrás de la última puerta— proviene de miles de semejantes que han querido prepararnos para una jornada de la que nadie ha regresado. No estamos preparados, y quizá nunca lo estaremos.
Hemos vivido nuestra vida a nuestra manera, con nuestras decisiones, nuestros aciertos y nuestras torpezas. Sin embargo, cuando la muerte se acerca —propia o ajena— aparecen voces externas que nos ofrecen caminos imaginarios. Son rutas que existen en la mente de otros, no en la nuestra. Y aun así, por ese desconocimiento que nos acompaña desde el nacimiento, queremos aferrarnos a todas esas guías, como si alguien pudiera garantizarnos un tránsito sin sobresaltos.
La vida propia tiene un peso que solo uno conoce. La vida ajena, en cambio, nos toca desde otro ángulo: la observamos, la acompañamos, la cuidamos, pero no la habitamos. Y ahí surge una verdad incómoda: cada quien le da a la vida —la suya y la de los demás— la importancia que puede, no la que debería. No es falta de amor ni de empatía; es simplemente que nadie puede sentir desde dentro lo que no le pertenece.
La muerte, entonces, no es un final ni un castigo. Es la continuidad de ese principio que no recordamos. Es la transformación que nos iguala a todos. Y quizá lo único que podemos hacer, mientras estamos aquí, es vivir sin pretender eternidades, sin disfrazar el miedo, sin pedirle a otros que nos expliquen lo que nadie sabe.
La vida es nuestra mientras la habitamos. La muerte es nuestra cuando nos alcanza. Y entre una y otra, lo único verdaderamente nuestro es la manera en que caminamos.
Inglés
One’s Own Life and the Life of Others
We come into the world without noticing it. We are neither late nor early; we simply emerge from within another being so that we may begin to be. That beginning, which we cannot remember, is not a point that leads to an end but the first of many transformations—physical, moral, ethical. We grow inside what we call life, and we shape it according to our impulses, our possibilities, or the expectations placed upon us.
From early on, we are taught to know more, to have more, to become stronger, wealthier, happier. We are trained to accumulate, not to understand. And little by little, we inherit fears: fear of losing, fear of changing, fear that life might stop resembling what we know. So we believe, we worship, we buy ideas, remedies, and opinions. We drift away from ourselves and try—sometimes desperately—to become eternal, as if eternity were something one could secure.
But there is no hiding place that works. The unknown reaches all of us. What we think we know about the future—the real future, the one behind the final door—comes from countless others who have tried to prepare us for a journey from which no one has returned. We are not ready, and perhaps readiness is impossible.
We have lived our lives in our own way, with our choices, our successes, and our mistakes. Yet when death approaches—our own or someone else’s—external voices appear, offering imaginary paths. These are routes that exist in their minds, not in ours. And still, because of that ancient ignorance we carry from birth, we cling to those guides as if they could guarantee a smooth passage.
One’s own life has a weight only one can feel





Deja un comentario