El maremoto que nunca llegó: Ensenada, marzo de 1964

La madrugada del 28 de marzo de 1964, Ensenada despertó con una noticia inquietante. Todo comenzó el día anterior, cuando a las 17:36 horas locales de Alaska (16:36 en Ensenada), un terremoto de magnitud 9.2 sacudió el fiordo College, cerca de Anchorage. Fue el sismo más fuerte registrado en Norteamérica, y su epicentro estaba a unos 3,900 kilómetros de nuestra ciudad. El temblor duró cerca de cuatro minutos y generó un tsunami que cruzó el Pacífico, poniendo en alerta a toda la costa oeste, incluida Ensenada. Se estimaba que las olas tardarían entre 8 y 9 horas en llegar a nuestras playas.

Cabe mencionar que la fecha coincidía con los festejos religiosos de la Semana Santa, una época de profunda reflexión para la población mexicana, y por supuesto para Ensenada, una ciudad de tradición mayoritariamente católica. No faltó quien, en medio de la incertidumbre, ligara el temblor y la amenaza del maremoto con los pensamientos religiosos propios de esos días, interpretando el evento como una señal o recordatorio de la fragilidad humana.

Sería alrededor de las cinco de la mañana cuando recibí una llamada telefónica alertándome sobre la inminente llegada de un tsunami o maremoto a las costas de Ensenada. La recomendación era buscar refugio seguro en las alturas naturales. Decidí que seguir las noticias por radio en alguna estación de California nos daría información más adecuada y certera. Siendo yo agente federal asignado a la Inspección de Pesca, tomé mi arma y el vehículo oficial a mi cargo y salí a recorrer las calles de Ensenada.

Ya para las seis de la mañana, las calles se veían con un bullicio inusual; los rostros de las personas mostraban preocupación, sin llegar, afortunadamente, al pánico. Las gasolineras, pocas, pero con largas filas de autos, camiones y otros vehículos; vi, de hecho, un tractor cargando diésel. Afortunadamente, no hubo saqueos ni mayores crímenes, salvo aquellos que querían cortar su espera en las gasolineras. Los lugares naturales de cierta altura, como los cerros de Chapultepec y Bahía, detrás de la colonia Hidalgo, fueron rápidamente poblados por personas asustadas.

No faltaba el humor, muy típico de nosotros los mexicanos, especialmente entre la gente joven, con ese sentimiento de inmunidad por la edad. Fueron algunas horas de incertidumbre; había de todo, incluso familias que habían tenido la precaución de llevar alimentos ya preparados y algunos otros haciendo pequeñas fogatas para recalentar o cocinar alguna comida.

Al final, el mar solo mostró un leve subir y bajar, y la ciudad respiró aliviada. Aquella madrugada nos recordó la importancia de cuidarnos unos a otros y la fuerza de la comunidad ante la adversidad. Al llegar la buena noticia de que el peligro había pasado, el pueblo lo interpretó, por falta de buena comunicación con las autoridades, de que todo el evento había sido una falsa alarma y muchas historias chuscas y en ocasiones llenas de burla menospreciaron la gravedad del asunto. Años recientes nos dimos cuenta del peligro de los tsunami al haber ocurrido unos recientemente, con más de 200,000 personas víctimas mortales.

Hoy es un recuerdo de los extraños comportamientos de la naturaleza, incomprensibles para nuestra mente citadino pero muy reales y destructivos.

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